Efesios 4:30-32 nos recuerda una verdad decisiva: hemos sido sellados con el Espíritu Santo para el día de la redención, y por tanto no debemos entristecerle. Entristecer al Espíritu no es una abstracción teológica, sino el resultado de actitudes concretas que desfiguran la comunidad cristiana y oscurecen el testimonio de Cristo entre nosotros. El apóstol señala que la raíz está en el corazón: amargura, enojo, ira, gritos, insultos y malicia son síntomas de vidas que necesitan ser llevadas ante la gracia que nos transforma.