Tengo contra ti: abandonaste el amor que tenías al principio. Esta frase, extraída de Apocalipsis 2:4, no es solo una acusación antigua, sino un llamado constante para la iglesia y para cada corazón que ya experimentó la llama del evangelio. El amor al principio es la simplicidad de la fe: creer sin reservas, buscar a Dios con el corazón entero, y revelar la gracia de Cristo en acciones que atestiguan quién es Él. Cuando perdemos ese primer ardor, la práctica religiosa puede adquirir forma sin vida; la rutina sustituye la intimidad, y el servicio pierde el sabor de lo que fue liberado por la gracia.
Este devocional nos llama a reconocer la distancia que puede establecerse entre lo que profesamos y lo que vivimos. No es una condenación sin esperanza, sino una invitación a la conversión diaria: volver los ojos hacia Jesús, permitir que la Palabra nos examine, confesar fallas y renovar el compromiso de amar a Dios y al prójimo con la misma intensidad con la que fuimos alcanzados por el amor de Cristo. El primer amor no es una emoción pasajera, sino el fundamento de una vida que permanece firme en la fe, en obediencia, en santidad y en servicio generoso.
Que podamos, cada día, reavivar ese fuego: buscar la presencia de Dios a través de la oración fiel, meditar en la crucifixión y resurrección de Cristo, y remarcar las prioridades según el reino de Dios. Volver al primer amor es redescubrir el motivo de nuestra esperanza: Jesús es el centro, la fuente y el objetivo de todo. Que nuestra práctica cotidiana transborde en amor responsable, en fidelidad perseverante y en alegría confiada, donde el amor que recibimos se convierta en amor que damos a los hermanos, a la comunidad y al mundo. Te animo a no desistir, porque Dios que comenzó buena obra en ti es fiel para perfeccionarla y mantenerla firme hasta el día de Cristo Jesús.