En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. Este versículo, tan simple en palabras, revela la urgencia de empezar centrados en Cristo: la Palabra por la cual todo fue hecho, el Verbo que sostiene el cosmos (Juan 1:1-3; Hebreos 11:3). La creación no es solo un retrato de la omnipotencia divina, sino una inscripción del orden de Dios para que el tiempo alcance su propósito en Él. Cuando contemplamos la creación, somos invitados a recordar que Cristo es el iniciador y sustentador de todas las cosas (Colosenses 1:16-17). En cada elemento —la luz separándose de las tinieblas, mares que obedecen al mandato, plantas que producen conforme a su tiempo— vemos la manifestación de la sabiduría divina que señala al significado último de todo: la gloria de Dios en Cristo que reina sobre la historia.
La nota de ejemplo presente en mis apuntes puede sonar como un estímulo humano, pero la verdadera práctica espiritual es volver continuamente a ese comienzo: la creación nos lleva a una reorientación del deseo, a una confianza de que todo lo que existe apunta al propósito mayor de Dios en Cristo. Del mismo modo que Dios vio que la creación era buena, se llama al creyente a ver, con fe, que la obra de Jesús Cristo es el nuevo comienzo de la historia humana. A través de Él, la gracia de Dios se hace presente para transformar nuestra mirada, para que no vivamos solo bajo las estructuras de este mundo, sino bajo el reino que ya se ha manifestado en el Señor.
Este devocional te invita a responder con oración y alabanza: reconocer que la vida humana, en su totalidad, encuentra sentido en el Creador. Que la práctica diaria sea un regreso a la Palabra que da sentido a las cosas invisibles, a Cristo, a quien toda la creación apunta como centro. Si nuestra memoria se alimenta de la Palabra, nuestras decisiones se alinean con la voluntad divina; si nuestra identidad está anclada en el Salvador, las etiquetas del mundo no nos definen. Entonces, incluso ante preguntas sobre origen y propósito, somos llamados a caminar en la fe, confiando en que el Dios que hizo el cielo y la tierra es también el Dios que vela por cada paso de su pueblo. Que su esperanza repose en Cristo, el principio y la consumación de todas las cosas; que encuentres fortaleza para vivir bajo la gracia que sostiene y transforma, hoy y siempre.