La tierra que da semilla

M, hola. Génesis 1:12 nos presenta una escena sencilla y profunda: la tierra produce vegetación, hierbas que dan semilla según su especie y árboles que dan fruto con semilla, y Dios ve que es bueno. El versículo nos sitúa ante un Dios que ordena la vida con propósito, dotando a la creación de la capacidad de perpetuarse y de mostrar su bondad intrínseca.

La repetición de “según su especie” y la insistencia en la semilla subrayan la fidelidad de Dios al diseño creador: cada cosa cumple su identidad y su vocación. No hay azar ni desperdicio; la creación está orientada a fructificar, a multiplicarse y a sostener la vida. Ver la obra de Dios como buena nos invita a reconocer la intención divina en las cosas cotidianas y a confiar en su sabiduría ordenadora.

En la práctica pastoral esto se traduce en dos llamados: cuidar la tierra y cultivar el corazón. Cuidar la tierra implica mayordomía responsable de lo que Dios nos ha dado —nuestro cuerpo, familia, trabajo y entorno— para que produzcan fruto. Cultivar el corazón significa sembrar la Palabra, la oración y la obediencia para que nuestras acciones y relaciones den fruto conforme a la especie del Evangelio: amor, justicia, misericordia y testimonio fiel.

Que la certeza de que Dios ve lo creado como bueno sea aliento para seguir sembrando aunque los resultados tarden en verse. Siembra con paciencia y fidelidad; Dios ha puesto en ti la capacidad de dar fruto conforme a tu especie en el Reino. Anímate: la bondad de Dios sostiene tus esfuerzos y su diseño hará que florezcan en su tiempo.