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En el Principio: El Verbo que da paz

En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Esta confesión nos invita a mirar a Cristo como la fuente eterna de todo ser y vida. Cuando la mente quiere apresurarse para entender todos los misterios, la Palabra nos recuerda que la paz verdadera no surge de nuestra cabecita razonando, sino de permanecer en Aquel que es Verbo y Luz. En Cristo encontramos la comunión que trasciende tiempo y circunstancia, y esa comunión es el primer regalo para nuestra alma buscando tranquilidad en medio de la confusión. Que la paz que sobrepasa todo entendimiento sostenga nuestros pasos y haga de nuestra vida un testimonio constante de fe en Aquel que es Dios y Verbo encarnado.

El Verbo, que estaba con Dios y era Dios, nos llama a una relación de confianza y obediencia. No se trata de una paz superficial, sino de una confianza profunda en la voluntad divina revelada en Cristo. En este pasaje celebramos la fidelidad de Dios al mostrarse en Jesús, la Palabra que se hizo carne para morar entre nosotros y traer salvación. Que este misterio nos lleve a cultivar una paz activa: oración, lectura de las Escrituras y una vida que refleje la verdad de quien es Dios, con humildad y servicio. Que nuestra esperanza esté anclada en la Persona de Cristo, fuente de sabiduría para cada día.

En medio de las pruebas y las incertidumbres, la realidad del Verbo que era Dios nos llama a vivir con confianza y serenidad. Si la paz de Dios habita en nosotros, podremos sostener a otros cuando tiemblan los corazones ante lo desconocido. Que aprendamos a declarar con fe que Cristo es la palabra que da vida y dirección, y que nuestra obediencia nace de la seguridad de su promesa. Que este día, guiados por su Verbo, recibamos la gracia de Dios para nuestro diario vivir —confiando, amando y esperando en Él— y que esa paz sea un testimonio viviente de la fidelidad de nuestro Dios.

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