La primera y más importante palabra

Génesis 1:1 coloca una sola declaración decisiva al comienzo de las Escrituras: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» Esa breve frase sitúa toda pregunta humana —sobre el origen, el valor y el orden— bajo la autoridad de un Creador que existe antes del tiempo y trae el cosmos de la nada. Como fundamento, esta verdad nos dice que nada es accidental; todo comienza y encuentra sentido en el acto intencionado de creación de Dios.

Porque Dios es el Creador, nuestras vidas están enmarcadas por un propósito y no por un azar sin rumbo. Esto tiene consecuencias pastorales inmediatas: nuestro trabajo, nuestras relaciones y nuestras decisiones adquieren dignidad como parte del bien ordenado de Dios.

En la práctica, vivimos de manera distinta cuando empezamos el día reconociendo a Dios como Señor: oración que lo reconoce, trabajo realizado como mayordomía, descanso guardado como su don, y esperanza sostenida no en las circunstancias sino en su mano que nos sostiene.

La fe cristiana centra esta verdad en Cristo: el Verbo por quien fueron hechas todas las cosas entró en nuestro mundo para redimirlo. Aquel que habló la creación a la existencia ahora habla gracia y restauración a nuestra condición rota. Donde el pecado ha deformado el propósito, Cristo restaura el llamado y la misión no mediante una filosofía abstracta, sino por su vida, muerte y resurrección, invitándonos a arrepentirnos y a reorientar nuestros corazones hacia el Creador y Redentor.

Que esta primera palabra de las Escrituras te sostenga hoy: tu vida comienza y está sostenida en el amor intencional de Dios. Ancla los momentos ordinarios en la realidad de su obrar creador y renovador, y toma pasos prácticos —confesión, servicio, oración— para vivir con esa prioridad. Que el Creador que hizo los cielos y la tierra te dé coraje para vivir fielmente en su buen mundo; recibe su paz y sigue adelante alentado.