¿Lo reconociste?

Habían caminado con él, discutido con él, sopesado sus palabras, y sin embargo, cuando llegó el momento, sus ojos estaban ciegos a la verdad que estaba a su lado. Lucas nos dice claramente: «Y se les abrieron los ojos, y lo reconocieron; y él desapareció de su vista.» Esa claridad repentina —el levantamiento de la niebla en el instante antes del alba— no fue la recompensa de la astucia sino el don de la gracia. Se nos invita a imaginar la confusión, la punzada en el corazón, y luego el asombrado reconocimiento de que éste era el Señor resucitado.