Betania: Lugar de Adoración Extravagante

En Betania, pocos días antes de la cruz, Jesús se sienta a la mesa con amigos que ya habían experimentado de cerca su poder y su amor: Lázaro, que había estado muerto y ahora vivía; Marta, que servía con dedicación; y María, que se derramaba en adoración. Juan registra que María toma un bálsamo de nardo puro, de altísimo valor, y lo derrama sobre los pies de Jesús, secándolos con sus propios cabellos, en una escena de profunda entrega y reverencia.

Lo que María ofrece no es algo común o sin importancia, sino justamente aquello que poseía de más caro y significativo. Ella no negocia, no calcula, no guarda una parte para sí, ni intenta equilibrar su devoción con la preservación de sus bienes. Su gesto es total, sin reservas, como si dijera, con acciones y no solo con palabras, que Jesús vale más que cualquier tesoro terrenal.

A los ojos humanos, esa actitud suena exagerada, hasta imprudente. Hay quienes miran y piensan que es un desperdicio, falta de sentido común, exceso de emoción. Sin embargo, cuando se considera quién está allí sentado a la mesa —el Hijo de Dios, el Señor de la vida, aquel que resucitó a Lázaro y que caminará, en pocos días, rumbo a la cruz—, el gesto de María se revela profundamente coherente con el valor incomparable de Cristo.

En Betania, aprendemos que quien de verdad reconoce quién es Jesús, no mide esfuerzos en la entrega. La verdadera adoración no nace del cálculo de lo que queremos mantener en nuestras manos, sino de la revelación del valor supremo de Jesús en nuestro corazón. Cuanto más lo vemos como Él realmente es, menos resistencia tenemos en rendirnos, y más natural se vuelve consagrarle lo que tenemos de más precioso.