Él vino en medio de la tormenta

La barca se inclinaba, la noche era oscura, y los discípulos vieron a una figura caminando sobre el agua; aterrorizados gritaron: «¡Es un fantasma!» (Mateo 14:26). La escena no es una ilustración teológica ordenada sino un momento humano crudo: viento, olas, miedo y la pequeñez de los que están en la barca. La llegada de Jesús a esa escena interrumpe el orden natural y redirige la atención de la tormenta al Salvador.

Dios podría haberse quedado en la orilla y haber calmado el viento desde la distancia, pero en cambio Jesús vino caminando sobre el agua hacia sus amigos atemorizados. Esa elección revela una verdad decisiva: a Dios le importan más las personas en la tormenta que simplemente eliminar la tormenta. Al hacerse Emmanuel—Dios con nosotros—Cristo eligió la presencia antes que la mera resolución de problemas. Sus palabras para ellos, «¡Ánimo; soy yo. No temáis!», no son solo consuelo sino identidad: el Señor de la creación está más cerca que el peligro.

Prácticamente, esto moldea cómo vivimos cuando llegan las tormentas. Tenemos la tentación de exigir que Dios primero arregle las circunstancias, pero el evangelio a menudo nos llama a notar su cercanía en medio del caos. Cuando el miedo se eleva, nómbralo, escucha su voz y aparta la mirada de las olas hacia Aquel que camina hacia ti. Como Pedro, podemos ser invitados a salir; ya sea que permanezcamos firmes, tropecemos o nos hundamos, Cristo entra en nuestra fe vacilante para sostener y salvar, recordándonos que su presencia es el milagro primordial.

Si estás asustado esta noche por el viento o la preocupación, escucha la voz de Jesús por encima del tumulto: «¡Ánimo; soy yo. No temáis!» Él no se ha mantenido a distancia: viene a ti en medio de tu problema, y esa presencia transforma el miedo en valentía. Ánimo y descansa en él; no temas.