Colosenses 1:19 declara: «Porque en él agradó habitar toda la plenitud de la Deidad.» Pablo no habla de una presencia parcial ni de una visita temporal; señala la verdad misteriosa y profunda de que la totalidad del ser de Dios —los atributos, la autoridad y la vida de Dios— tomó habitación en la persona de Jesucristo. Este versículo ancla nuestra adoración: cuando miramos a Cristo contemplamos la plenitud de Dios, no un reflejo ni una copia, sino a Dios presente y activo en nuestro mundo por medio del Hijo.
Esa plenitud no sólo podía habitar en Cristo; era justo y apropiado porque el Hijo es uno con el Padre. El Nuevo Testamento insiste tanto en la distinción de personas como en la unidad de esencia: el Padre y el Hijo son distintos en persona y, sin embargo, uno en naturaleza divina y en propósito. Debido a esa unidad —una unión eterna y amorosa de voluntad y ser— el Padre se agradó en habitar en el Hijo en la obra de la redención, revelándonos el carácter, la misericordia y la autoridad de Dios a través de Jesús sin disolver las personas en una misma identidad.
Prácticamente, esto moldea la manera en que oramos, confiamos y obedecemos. Podemos acercarnos a Cristo con la confianza de que él posee toda autoridad y toda sabiduría para salvarnos, guiarnos y sostenernos; en él la plenitud que nos falta es satisfecha por su gracia suficiente. Esta verdad nos libera de la cansada búsqueda de sustitutos: adoramos a un Salvador que es plenamente Dios y plenamente capaz de llevar nuestras cargas. También nos llama a buscar la unidad con otros creyentes en amor y propósito, imitando la unidad del Hijo con el Padre como testimonio al mundo.
Anímate: el Dios que no pudo ser contenido por templo ni por concepto eligió habitar en la persona de Jesús para tu redención y esperanza. Mantente firme en la suficiencia de la plenitud de Cristo, acércate a él en oración y descansa en la certeza de que el placer del Padre de habitar en el Hijo significa que eres conocido, amado y sostenido por el Dios verdadero.