Cuando Jesús sube al monte y comienza a enseñar, Él no está describiendo una vida fácil, sino una vida llena de sentido en medio de las penas y confusiones del mundo. Las bienaventuranzas ponen todo patas arriba: felices los que lloran, los perseguidos, los que tienen hambre y sed de justicia. A primera vista, nuestra reacción es parecida a la que tú describiste: “Señor, que no participe en esto, que pase lejos de estos tiempos difíciles”. Sin embargo, el propio Cristo está mostrando que es precisamente en esos escenarios donde el Reino de Dios brilla con más fuerza. No promete quitar todos los problemas, pero promete estar con nosotros y dar un nuevo significado a cada lágrima, a cada injusticia, a cada momento en que nos sentimos pequeños. El monte donde Jesús habla se convierte en un lugar de llamado: quien lo sigue es invitado a vivir diferente en medio de las multitudes confusas.
Pensar en el fin, en los últimos días, despierta miedo en muchos de nosotros, y es natural, porque todo lo que es movible será movido. Pero Jesús, en Mateo 5, ya prepara el corazón de los discípulos para esto: vivir el Reino es nadar contra la corriente, es ser bienaventurado incluso cuando el mundo nos ve como derrotados. Cuando dices que primero pediste no participar, estás expresando un deseo de protección, algo muy humano. Sin embargo, el Espíritu Santo va ajustando ese pedido, transformándolo en disposición: “Señor, si Tú quieres usarme en estos días, aquí estoy”. Este cambio de oración muestra un corazón pobre en espíritu, dependiente, alguien que no confía en sí mismo, sino en la gracia de Dios. Y Jesús dice que precisamente de los pobres en espíritu es el Reino de los Cielos.
Normalmente, ante las crisis, oramos para huir, para que todo pase rápido, para que el dolor no nos alcance. Sin embargo, las palabras de Jesús muestran que, muchas veces, es en medio del llanto que Él decide consolar no solo a nosotros, sino también a otros a través de nosotros. Quien llora por causa del pecado del mundo, por causa de la injusticia, por ver personas lejos de Dios, está alineado con el corazón de Cristo. Y es en esos momentos que nuestra vida puede convertirse en un signo del Reino: un consuelo que tiene nombre, un abrazo que ora, una palabra que predica, un silencio que intercede. Cuando piensas “¿y si es en esos momentos que Dios va a necesitar que yo haga algo?”, te estás acercando al espíritu de las bienaventuranzas. No solo quieres sobrevivir al fin, sino ser usado por Dios en él, como un pacificador, misericordioso y limpio de corazón, apuntando a Jesús.
Si los días son difíciles, si hay persecución, insultos o injusticias por causa de Cristo, recuerda que Él ya nos advirtió y llamó de “bienaventurados” a los que pasen por esto. Nada de lo que hagas en obediencia a Jesús en esos tiempos será en vano: cada gesto de misericordia, cada palabra de verdad, cada decisión de mantener el corazón limpio ante Dios. Él mismo prometió una recompensa espléndida en los cielos, y esa esperanza nos hace permanecer firmes sin endurecer el corazón. En lugar de orar solo para escapar, puedes seguir orando: “Señor, guárdame, pero también úsame; líbrame del mal, pero no me dejes huir de Tu voluntad”. Cristo, que habló en el monte y dio la vida en la cruz, estará contigo hasta el fin, sosteniendo, guiando y consolando. Camina en paz: si vienen días difíciles, no estarás solo, y el Dios de las bienaventuranzas hará de tu vida un faro de esperanza para muchos.