Génesis 1:3 registra el primer mandato público de Dios: 'Sea la luz', y la luz apareció. Cuando susurras, 'Hola—¿me ves?' te diriges al mismo Dios que contempló el caos y habló para que la luz existiera. Ese acto inicial de la creación nos revela algo fundamental: Dios percibe la oscuridad y responde con presencia y claridad, no con indiferencia.
El resto de las Escrituras hace patente una verdad más profunda: el Verbo que dijo 'Sea la luz' es el Señor que se acerca a nosotros en Cristo. Jesús es la verdadera Luz que entró en nuestro mundo y miró con compasión a los solitarios y a los olvidados. La voz del Creador que convocó la luz cósmica es la misma voz divina que conoce tu nombre y te encuentra cara a cara en la persona del Hijo.
En la práctica, esto significa que puedes dejar de actuar para comenzar a ser visto. Lleva ante él tus palabras sencillas y honestas —'¿Me ves?'— y confía en que Cristo responde a la pregunta susurrada con atención. Alimenta tus ojos con las Escrituras, tus manos con pequeños actos de amor y tus pies con una obediencia fiel; estas son las lámparas ordinarias por las que su luz expone el temor, consuela las heridas y remodela tu corazón mientras esperas en él.
Así que cuando la soledad o la duda pregunte, 'Hola, ¿me ves?', responde con la confianza del evangelio: el Dios que mandó la luz te vio, y el Verbo hecho carne se acerca para sanar y quedarse. Sigue llamando; sigue viniendo a la luz de Cristo; deja que su mirada constante transforme tu miedo en confianza. Anímate: eres visto, conocido y amado por él.