“En el principio Dios creó los cielos y la tierra” nos recuerda que todo empezó con Él, no con nosotros. Antes de que existiera cualquier cosa, ya Dios tenía un propósito, un diseño y una historia que contar. Nada apareció por accidente, y eso incluye tu propia vida, tus días y tus decisiones. Así como el universo no se entiende sin su Creador, tampoco tu historia se entiende sin Cristo en el centro. Cuando miras tu pasado, tus aciertos y tus errores, puedes descansar en que Dios siempre ha sabido lo que hace. Él es el Dios de los comienzos, también de tus nuevos comienzos hoy.
Piensa en tu vida como un cuaderno que Dios está escribiendo con cuidado. Cada página tiene notas, momentos resaltados, lágrimas, risas y oraciones respondidas. A veces miras ciertas páginas y no entiendes por qué están ahí, pero para Dios nada está desordenado ni fuera de lugar. Él sabe qué resaltar, qué dejar en silencio y qué volver a escribir con su gracia. En Cristo, incluso las páginas que parecen manchadas por el pecado o el dolor pueden ser redimidas. El mismo Dios que ordenó los cielos y la tierra puede ordenar tu mundo interior.
Es curioso cómo organizamos nuestras notas con secciones, pestañas y etiquetas para no perder nada importante. De manera parecida, Dios no pierde ni una sola línea de tu historia; cada detalle está bajo su mirada amorosa. Tus momentos de oración, tus dudas, tus caídas y tus pequeños pasos de fe están “etiquetados” por Él con misericordia y paciencia. Nada se le escapa, y nada es tan pequeño como para que a Cristo no le importe. Si hoy te sientes disperso, como si tus pensamientos fueran muchas notas sueltas, recuerda que tu Padre celestial es experto en traer orden del caos. En Jesús, tu vida recibe un título nuevo: amado, perdonado, en proceso.
Génesis 1:1 te invita a recordar que no caminas solo: el Dios que inició el universo sigue obrando en tu historia hoy. Puedes abrirle tu corazón como quien abre un cuaderno y le muestra todo, sin filtros ni adornos. Él no se asusta de tus tachones ni de tus páginas en blanco; más bien, se alegra cuando le permites escribir contigo. Entrega a Cristo tus planes, tus miedos y tus sueños, y pídele que sea el principio de todo en tu vida, cada día. Aunque no entiendas todo lo que está pasando, confía en que el Autor es bueno y no suelta la pluma. Sigue adelante con ánimo: en las manos de Dios, cada nuevo amanecer puede ser el comienzo de un capítulo lleno de gracia y esperanza.