Jesús nos invita, en Mateo 5:45, a ver el mundo con los ojos del Padre que está en los cielos. Nos llama a adoptar la perspectiva divina, a mirar a las personas y a las situaciones de la vida no solo desde nuestros criterios humanos, sino desde el corazón de Dios.
En este versículo, Jesús nos recuerda que Dios hace salir el sol sobre malos y buenos, mostrando que Su luz y Su favor alcanzan a todos. De la misma manera, Él envía lluvia tanto para los justos como para los injustos, sustentando la vida de personas que Lo aman y también de aquellas que ni siquiera reconocen Su mano.
Esto significa que el amor de Dios no es selectivo, ni condicionado al comportamiento de las personas. El Padre no distribuye Su cuidado solo a quienes lo merecen, porque, ante la santidad de Dios, nadie realmente merece. Todo lo que recibimos de Él es fruto de la gracia, no de merecimiento humano.
Aun así, Él actúa con bondad incluso con aquellos que Lo rechazan y Lo ignoran, revelando la profundidad y la perseverancia de Su amor. Es este patrón de amor, libre, generoso y constante, el que Jesús pone ante nosotros como objetivo y llamado diario para nuestra forma de amar, tratar y acoger al prójimo.