En el relato primero de la creación, la tierra estaba sin orden y vacía, y la tiniebla cubría el abismo; sin embargo, el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. En medio de aquello que parecía caótico, Dios pronunció una palabra decisiva: Sea la luz. No se trató de borrar de inmediato las tinieblas, sino de introducir una separación entre luz y sombra, estableciendo un orden que revela la bondad de lo creado. De este modo, la luz surge como energía discernible que ilumina la realidad sin anular la oscuridad, recordándonos que la presencia de Dios no borra la ausencia total de oscuridad, sino que la transforma desde dentro, permitiendo que la oscuridad coexista bajo la soberanía de su verdad.
La luz, al ser llamada día, se distingue de la oscuridad llamada noche, marcando un ritmo: tarde y mañana, un día. Este ritmo no niega las tinieblas; las distingue y las coloca bajo un plan divino. Así también nuestras vidas: la presencia de Dios no promete un mundo sin sombras, sino una interacción constante entre luz y oscuridad a la luz de su voluntad. Somos llamados a vivir en la claridad de su palabra, aprendiendo a reconocer la luz que ya está en proceso de revelación, incluso cuando la noche parece prolongarse. En esa dinámica, la fe no evita la oscuridad, sino que confía en la que ilumina, sabiendo que la luz de Dios es energía que rompe la confusión y da sentido.
Hoy, en medio de nuestras propias tinieblas, recordemos que la luz no es la negación de la oscuridad sino su guía segura. Dios no elimina las sombras de golpe; establece un orden para que la vida siga su curso bajo su soberanía. Si vivimos confiando en la presencia de la Luz que es Cristo, entonces cada mañana se abre con una promesa: la energía de su Espíritu articula un camino en medio de la oscuridad, una invitación a caminar en obediencia y en esperanza. Sigamos avanzando, esperando en la claridad de su propósito, con ánimo de enfrentar cada día con valentía y fe.