Hoy no necesitamos mensajeros para contarle nuestros problemas al Señor; Jesús ya conoce cada detalle de nuestro dolor y cada susurro de nuestra alma. En Juan 11:3, las hermanas Marta y María llevan a Jesús la noticia de la enfermedad de su amigo, pero el pasaje no señala que esperen un mensajero humano para interceder, sino que apunten sus ojos hacia Aquel que es la verdadera puerta de consuelo. Aquí aprendemos que nuestra oración puede ser directa y personal: podemos acercarnos a Jesús con honestidad y seguridad de que Él escucha, entiende y se conmueve con nuestra fragilidad.