Dios hizo la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión de las aguas que estaban sobre la expansión. Y así fue. En este breve versículo de la Creación, observamos un detalle profundo: la palabra de Dios trae distinción, orden y poder a lo que parecía caótico. No hay casualidad en que la Escritura nos muestre a un Dios que separa, que delimita, que pone límites para que la vida florezca. Su poder no está en la grandiosidad de gestos ruidosos, sino en la autoridad con la que declara y separa lo que debe permanecer junto a lo que debe quedar atrás. Cuando enfrentamos circunstancias confusas, podemos descansar en que el poder de Dios no está en nuestros cálculos humanos, sino en su palabra que crea y mantiene.
La idea central de las notas, “Dios es poderoso”, resuena con la realidad de este pasaje. El poder de Dios no es un trueno distante, sino una fuerza que define límites, establece orden y sostiene la creación. Así también nuestra vida necesita ser sostenida por un poder que no depende de nuestras fuerzas. Podemos confiar en que Dios, al extender su alcance, trae claridad donde hay confusión, y firma el contorno de nuestras pruebas con su propósito. Nuestra fe se fortalece cuando reconocemos que su mano activa la separación necesaria para que haya mañana, para que la fe no se hunda en el caos, sino que crezca en obediencia y confianza.
Así como el Señor trazó límites entre aguas, él también traza límites entre temor y fe, entre dudas y verdad. Nuestro llamado es creer y esperar, no por mérito, sino por la certeza de su poder que actúa en lo pequeño y lo grande. Que cada día recordemos que su grandeza no depende de nuestra capacidad para entender todo, sino de su fidelidad para sostener lo que ha creado. Animo, hermano o hermana: Dios es poderoso, y su obra en ti puede traer paz en medio de la incertidumbre, esperanza en medio de la prueba, y gozo al ver su propósito cumplirse en tu vida.