La tierra, entretanto, era sin forma y vacía. La oscuridad cubría el mar que envolvía toda la tierra, y el Espíritu de God se movía sobre la faz de las aguas. En esta imagen de caos, Dios no rechaza la materia bruta ni el vacío; Él contempla, se atreve a habitar el vacío y, con Su aliento, da orden, propósito y vida. Somos llamados a reconocer que nuestra propia condición puede ser similar: momentos de incertidumbre, regiones de silencio interior, situaciones que parecen vacías. Pero la presencia de Dios no es ausente en el caos; es en él donde el Espíritu se mueve, preparando el terreno para la creación de lo que vendrá. Que podamos cultivar la confianza de que, antes de cualquier orden, está la audacia divina de soñar con algo nuevo en nosotros y a través de nosotros.