“Y el SEÑOR habló a Moisés, diciendo:” Estas pocas palabras nos sitúan ante la escena más fundamental de la vida de fe: Dios se comunica. No es una voz cualquiera, sino la voz del Señor, que convoca, instruye y establece orden en el pueblo. En el contexto de Levítico, esa palabra es la base para la adoración, la justicia y el culto santo que definirán la relación entre Dios y su pueblo.
Que Dios hable implica autoridad y propósito. Para Moisés fue un llamado a recibir instrucciones concretas y a transmitirlas con fidelidad; para nosotros significa que la revelación divina nos invita a escuchar con atención y a responder con obediencia. La forma en que Moisés recibe y obedece la palabra de Dios nos recuerda que la obediencia no es una carga sino el medio por el cual la comunidad permanece conforme al designio del Señor.
Prácticamente, discernir la voz de Dios exige conocer su Palabra, cultivar la oración y someter nuestras decisiones a la comunidad y a la conciencia guiada por el Espíritu. Cuando la palabra divina orienta nuestras acciones, se abre un camino de santidad y orden en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo y en la vida de iglesia. La instrucción que sigue a la frase “diciendo” muestra que Dios no deja ambigüedades; Él provee dirección para la vida santa.
Hoy, el Señor sigue hablando: escucha con reverencia, responde con humildad y obedece con prontitud. No temas buscar claridad ni pedir discernimiento; la obediencia a la voz del Señor trae paz, propósito y bendición. Ánimo: responde como Moisés, llevando fielmente la palabra de Dios donde Él te haya puesto.