Génesis 1:2 ofrece un cuadro contundente: la tierra sin forma y vacía, las tinieblas sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios que se cierne sobre las aguas. En ese solo versículo permanecen tres realidades frente al caos primigenio: lo informe, el vacío y la presencia activa de Dios. Notar estas tres no es un ejercicio curioso de trivialidades bíblicas, sino una lente pastoral: incluso en los albores de la creación, antes de la luz o del orden, estas son las materias primas con las que Dios se encuentra.
Lo informe (tohu) y el vacío (bohu) describen no solo el estado del mundo, sino la experiencia humana de la disrupción: identidad sin formar, propósito sin llenarse. Sin embargo, el Espíritu no está ausente ni inactivo; el soplo que se cierne de Dios señala disposición, intención y cuidado. Génesis nos prepara para el patrón que vemos una y otra vez: Dios afronta lo quebrantado con presencia y propósito, hablando y dando forma a lo informe para convertirlo en vida y orden.
En la práctica, cuando tu vida se siente sin forma, cuando las relaciones, el trabajo o la fe se sienten vacíos y oscuros, atiende a estas tres realidades. Nombra la falta de forma y el vacío con honestidad, y no los pases por alto; son parte del suelo que Dios usa. Acoge la paradójica consolación de que el mismo versículo que nombra el caos también anuncia la cercanía del Espíritu: Dios ya está presente sobre las aguas, dispuesto a traer luz, a dar forma y a llenar.
Toma ánimo, pues: el Dios que se cernía al principio aún se cierne ahora. Donde te sientas informe y vacío, el Espíritu Santo está presente para inspirar, ordenar y vivificar. Espera fielmente, coopera en pequeños actos de obediencia y alza la mirada esperando la Palabra y la obra de Dios para traer luz a tu oscuridad; anímate, porque el Espíritu del Creador ya está obrando a tu favor.