Génesis comienza con una escena que se siente extrañamente familiar para muchos de nuestros corazones: sin forma, vacía y oscura. La tierra estaba "sin forma y vacía", y la oscuridad cubría el abismo; no había estructura, no había claridad, no había propósito visible. En esta imagen de caos, reconocemos nuestras propias temporadas de confusión, cuando la vida parece carecer de forma y significado, y no podemos ver lo que Dios está haciendo.
Sin embargo, incluso en ese profundo caos, Dios no estaba ausente: "el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas". Mucho antes de que emergiera cualquier belleza, Dios ya estaba allí, presente y activo. Se cernía sobre la oscuridad con cuidado e intención, plenamente consciente de lo que vendría después, incluso cuando aún no se podía ver nada.
De esta manera, la historia de la creación no comienza con el esfuerzo humano, la sabiduría o la fuerza. Comienza con la iniciativa de Dios y la cercanía de Dios en medio del desorden. La creación se despliega no porque las personas encuentren una manera de imponer orden, sino porque Dios habla y trae vida donde solo había vacío.
Si tu vida se siente confusa, desordenada o ensombrecida hoy, las Escrituras te invitan a mirar de nuevo esa primera escena. El mismo Espíritu que se movió sobre las aguas primordiales ya se está moviendo sobre las "aguas" de tu situación; no como un observador distante, sino como Aquel que es capaz de traer luz de la oscuridad y crear algo completamente nuevo.