En el episodio en Mateo 20:20-28, la madre de Santiago y Juan pide a Jesús privilegios para sus hijos: que se sienten a su derecha y a su izquierda. Esa petición revela una visión de Reino terrenal, donde el poder y la prominencia humana miden el valor. Cuántas veces, como aquella madre y sus hijos, confundimos el reinado de Cristo con un trono humano y proyectamos ambiciones que no dialogan con el sufrimiento del Siervo.
Jesús responde tajante: “¡No sabéis lo que pedís!” y pregunta si pueden beber del cáliz que Él beberá. Beber del cáliz y ser bautizados en el mismo bautismo de Cristo significa compartir su camino doloroso —persecución, escarnio, entrega de sí hasta el final. El “¡podemos!” precipitado de los hermanos muestra cómo el deseo de honor suele llevarnos a asumir riesgos espirituales sin comprender el costo real del discipulado.
Al afirmar que los lugares en el Reino pertenecen al Padre y enseñar que entre los suyos el mayor es el que sirve, Jesús redefine la autoridad: no dominación, sino servicio y entrega. El camino de Cristo es el de la humillación voluntaria que da la vida como rescate; así, el liderazgo cristiano es pastoral, sacrificial y orientado hacia el prójimo. Vivir esto en la práctica exige elegir servir en las cosas pequeñas, cargar las cargas de los demás y aceptar la posibilidad del sufrimiento por el evangelio.
Examine hoy sus motivaciones: ¿ambición por reconocimiento o disposición para el servicio que exige renuncia? Arrepiéntase de la búsqueda del poder humano, acepte participar del cáliz de Cristo en la vida cotidiana y confíe en que el Padre, justo y sabio, reserva lo que sea bueno. Persevere en servir con humildad y valentía —beba del cáliz, sirva al prójimo y espere en las manos del Padre.