Nacidos de Dios por el Verbo eterno

Antes de que existiera el tiempo, antes de que hubiera montañas, mares o estrellas, el Verbo ya era: Jesucristo, el Hijo eterno de Dios. Su historia no comenzó en el pesebre de Belén; allí, simplemente, se reveló a los ojos humanos Aquel que siempre había sido, sin principio ni fin. Desde la eternidad, el Hijo estaba en comunión perfecta con el Padre, en una relación de amor ininterrumpida.

El apóstol Juan nos enseña que el Verbo estaba con Dios y que el Verbo era Dios. Con estas palabras afirma que Jesús no es una criatura más, sino que comparte plenamente la misma naturaleza divina del Padre. No se trata de alguien parecido a Dios, ni de un mensajero excepcional, sino de Dios mismo haciéndose presente en la historia.

Esto significa que, al contemplar a Cristo, no vemos solo un modelo de virtud o un referente moral, sino el corazón mismo de Dios manifestado en forma humana. En sus palabras, gestos y decisiones se expresa el carácter de Dios: su santidad, su justicia, su misericordia y su amor fiel hacia la humanidad.

Por eso, cuando seguimos a Jesús, no nos adherimos simplemente a las enseñanzas de un gran maestro, sino que respondemos al llamado del Dios eterno hecho hombre. Él se ha acercado a nosotros de manera concreta, cercana y accesible, lleno de gracia y de verdad, para que podamos conocerlo, confiar en Él y vivir en comunión con su presencia.