Jesús, en este pasaje del Evangelio, nos invita a revisar con sinceridad dónde hemos puesto nuestro corazón. Habla de tesoros en la tierra, que pueden ser destruidos por la polilla, la herrumbre y los ladrones, y de tesoros en el cielo, que permanecen intactos, porque nada ni nadie puede robárselos. Al presentarnos esta diferencia, el Señor nos ayuda a darnos cuenta en qué hemos invertido nuestras energías, expectativas y afectos más profundos.
Esta enseñanza alcanza directamente la forma en que lidiamos con sueños, planes, carrera, bienes materiales e incluso con la opinión de las personas a nuestro alrededor. Muchas veces, sin darnos cuenta, transformamos estas realidades en nuestro mayor tesoro, en aquello que más guardamos, protegemos y tememos perder. Cuando esto sucede, nuestro interior vive como en tensión, siempre en alerta, siempre con miedo de que algo falle, termine o cambie.
Detrás de muchas formas de ansiedad, angustia e inquietud está precisamente este apego a lo que es frágil y pasajero. Cuando el corazón se apoya en lo que no dura, basta una pérdida, una crítica, un cambio de circunstancias para que todo dentro de nosotros parezca desmoronarse. Es como construir la casa sobre la arena: cualquier viento más fuerte sacude nuestras seguridades, nuestros sentimientos e incluso nuestra visión de nosotros mismos.
Cristo, sin embargo, no condena el hecho de poseer cosas, de tener proyectos o buscar una vida organizada y responsable. Lo que Él hace es llamarnos a una conversión del centro del corazón: salir de la lógica del tener como fundamento de la identidad y entrar en la lógica del ser en Él. Cuando Él se convierte en nuestro mayor tesoro, todo lo demás encuentra su lugar correcto; y, aunque perdamos algo aquí, sabemos que lo esencial – nuestra vida en Dios – permanece para siempre guardado y seguro.