La buena noticia es que, en Cristo, siempre es tiempo de realinear el corazón y el tesoro. Si has notado que has estado prestando más atención a cosas que no alimentan tu alma, no te alejes de Dios por eso; en lugar de huir, acércate a Él con confianza, sabiendo que Él conoce tus debilidades y aún así te ama. No escondas lo que está sucediendo: abre tu vida ante Él con simplicidad y verdad, sin máscaras y sin miedo a ser rechazado.
Lleva todo a Dios en oración, con sinceridad, contando lo que ha ocupado tus pensamientos, tus deseos y tus preocupaciones. El Señor no desprecia un corazón que se vuelve hacia Él en arrepentimiento y con un deseo genuino de cambio; por el contrario, Él se inclina para escuchar, consuela, restaura y fortalece. En su presencia, puedes derramar tus lágrimas, confesar tus distracciones y pedir que Él ajuste nuevamente tus prioridades.
Cree que Dios no solo perdona, sino que también enseña a amar lo que realmente tiene valor eterno. Pide que el Espíritu Santo renueve tus afectos, transformando aquello que deseas, buscas y valoras, para que tu placer esté, antes que nada, en la voluntad del Señor. Ora para que tu corazón sea atraído hacia la belleza de Cristo y para que encuentres verdadera alegría en buscar primero el Reino de Dios y su justicia, por encima de las otras cosas.
A medida que tu tesoro sea cada vez más puesto en Cristo, notarás que tu corazón se vuelve más firme, tus emociones más estables y tu paz más profunda. Así, tu esperanza dejará de depender de las circunstancias y se convertirá en una esperanza inquebrantable, cimentada en la fidelidad de Dios. De este modo, podrás caminar hoy con ánimo renovado, sin vivir esclavo de la culpa o del miedo, sino descansando en la certeza de que el Señor cuida de cada uno de tus pasos y te guía con amor.