A la espera de un milagro

Sibelle S.

João describe a un hombre que cargaba el mismo dolor durante treinta y ocho años, al borde de un estanque que prometía una esperanza limitada. Vivía atrapado en un sistema religioso y popular que decía: “si el agua se mueve, si llego primero, entonces seré sanado”. Su fe estaba condicionada al momento adecuado, a la ayuda correcta, al método correcto. Mientras esperaba que algo sucediera en el agua, el mismo Hijo de Dios se acercó a él. Cuando Jesús habla, Él no depende del estanque, ni del agitado de las aguas, ni de la tradición en torno a ese lugar. Por eso el texto dice: “Inmediatamente el hombre fue sanado, tomó su lecho y anduvo. Y aquel día era sábado” (Juan 5:9).

Muchas veces, nosotros también nos quedamos parados en “la orilla del estanque”, esperando que un milagro venga de una manera específica. Ponemos nuestra esperanza en el empleo ideal, en la respuesta médica perfecta, en el cambio de alguien cercano, como si el poder de Dios estuviera atado a esos medios. Esperamos el tiempo perfecto, la circunstancia perfecta, la persona perfecta que nos “empuje hacia el agua”. Pero Jesús sigue haciendo hoy lo que hizo aquel día: Él se acerca, habla con nosotros, y nos llama a mirar hacia Él, no hacia el método. La fe bíblica no es superstición ni apego a fórmulas; es confianza en el propio Cristo vivo, que actúa soberanamente. Él no está limitado a lo que conoces, sientes o puedes prever.

Es significativo que la sanación haya ocurrido en pleno sábado, el día que, para muchos, simbolizaba descanso, pero también límite religioso. Jesús sana precisamente en el día en que algunos decían que no se podía hacer nada, mostrando que la gracia de Dios no se ajusta a nuestros esquemas rígidos. El paralítico no necesitó entenderlo todo ni arreglar toda su vida antes de ser sanado; solo escuchó la palabra de Jesús y respondió. De la misma manera, tú no necesitas tener una fe perfecta para acercarte a Cristo, sino una fe que se rinde a Su voz por encima de cualquier sistema. Lo que cambia la historia no es el estanque, sino la palabra de Jesús: “Levántate, toma tu lecho y anda”. Cuando confiamos en esa palabra, dejamos de vivir solo a la espera de circunstancias favorables y comenzamos a caminar guiados por la presencia del Señor.

Quizás estés esperando un milagro desde hace años, cansado de intentar, atrapado en el mismo lugar, como si toda tu vida dependiera del “agitado de las aguas” que no controlas. Hoy, Jesús te invita a levantar los ojos del estanque hacia Él, a transferir tu confianza del método a la persona del Salvador. En lugar de preguntar solo “cuándo” o “cómo va a suceder”, pregunta: “Señor, ¿qué quieres hacer en mí y a través de mí mientras espero?”. Él puede actuar de forma inmediata, como lo hizo con aquel hombre, o puede sostenerte en el proceso, pero en ambos casos Él es fiel. Camina hoy con la certeza de que Cristo conoce cuánto tiempo has sufrido, sabe exactamente dónde estás y no se ha olvidado de ti. Y, mientras esperas o ves el milagro suceder, sigue adelante en obediencia y confianza, porque Aquel que te mandó levantarte sigue a tu lado, y en Él tu esperanza nunca es en vano.