Dios ha hablado a lo largo de la historia de la humanidad: por los profetas, por los padres, para revelarnos poco a poco su plan. En estos últimos días, nos habla por Su Hijo, el heredero de todas las cosas, el causante de la creación y la manifestación de la gloria de Dios. Esta revelación no es una idea abstracta, sino una persona, Jesucristo, en quien se refleja de manera exacta la naturaleza de Dios y quien sostiene cada átomo con la palabra de su poder. Al contemplar a Cristo, aprendemos que la vida no depende de nuestros esfuerzos, sino de la fidelidad del que creó el universo.
El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios y la expresión exacta de Su ser. En Él conocemos el carácter divino: un amor que se ha hecho cercanía, una sabiduría que se ha hecho palabra, una gracia que se ha hecho redención. Después de purificar nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, mucho más digno que los ángeles y con un nombre superior. Cuando miramos a Jesús, no estamos buscando ideas lejanas, sino una realidad que transforma nuestra existencia, un centro que orienta cada decisión, cada relación, cada tarea cotidiana.
Por medio de Su obra, la purificación de los pecados, el Hijo se erige como la única base de nuestra esperanza y obediencia. Nuestra vida debe enraizarse en la persona de Cristo, quien sostiene todas las cosas con la palabra de su poder. Que este cuadro de gloria nos llene de reverencia y de una fe que no depende de circunstancias, sino de la fidelidad de Aquel que hizo el universo y se sentó en el trono de la altura. Que cada día, en nuestras pruebas y responsabilidades, busquemos la dirección de Aquel que, al comunicarnos su amor y su poder, nos llama a vivir para su gloria y a esperar su reino con confianza.