Génesis 27:5 nos sitúa en una pequeña y tensa habitación: Rebeca escuchando cuando Isaac le dijo a Esaú su plan de salir a cazar y preparar una comida para poder bendecirlo.
Ese momento de escucha no es trivial: revela cómo la información sobre la debilidad ajena puede convertirse en ocasión de maniobras ansiosas, y cómo el amor familiar puede volverse una justificación para el engaño.
Debemos ser claros y pastorales: Dios no aprueba la mentira ni el engaño. Las acciones de Rebeca y Jacob son moralmente culpables; la Escritura nos llama a la veracidad y a la integridad. Al mismo tiempo, la Biblia sostiene otra verdad junto a esa: los propósitos soberanos de Dios no se frustran en última instancia por el pecado humano. Él puede entretejer incluso decisiones equivocadas en su plan providencial sin por ello avalar esas decisiones equivocadas. Debemos sostener ambas cosas: condenar el pecado y confiar en la bondad soberana del Señor.
Esta realidad moldea las respuestas prácticas. No te dejes tentar a lograr un fin correcto por medios incorrectos; confiesa y arrepiéntete cuando hayas usado el engaño para intentar asegurarte una bendición, una relación o un resultado. En su lugar, presenta tus anhelos y planes ante Dios en oración, busca medios honestos, habla con personas sabias y responsables, y espera el tiempo del Señor. Cuando quienes te rodean actúen con engaño, responde con verdad, corrección y misericordia en lugar de coludir.
Ten ánimo: la justicia y la misericordia de Dios nos alcanzan en nuestros fracasos. Él nos llama a la honestidad y ofrece perdón cuando nos volvemos del pecado, y es capaz de redimir las consecuencias sin aprobar los medios. Déjate animar a caminar en la verdad, a confiar en sus propósitos y a apoyarte en su gracia mientras rechazas atajos y descansas en su providencia.