Desde el comienzo de la Biblia escuchamos una voz que nos llama por nuestro verdadero nombre: imagen de Dios. No fuiste un accidente cósmico ni un resultado del azar, sino un pensamiento intencional del corazón del Creador.
Cuando Dios dijo: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen», estaba decidiendo compartir algo de Su propia gloria con nosotros. Eso significa que tu valor no depende de tu éxito, tu apariencia o tu historia, sino de Aquel que te diseñó.
Aunque el pecado ha distorsionado esa imagen, no la ha borrado, y Dios sigue mirándote con el amor con el que te concibió. Él no se olvida de lo que decidió sobre ti desde el principio.
En Cristo, esa imagen se empieza a restaurar, devolviéndote la dignidad que el pecado quiso robarte. En Él, puedes redescubrir quién eres realmente a los ojos de Dios y caminar en la verdad de tu identidad.