Me alimento de la Palabra y recuerdo que el llamado de Dios no es una visión lejana, sino una vida dada para cumplir la buena noticia de Cristo entre su pueblo. Como Pablo, que se alegra en los sufrimientos por Cristo, se nos invita a reconocer que la autoridad de Cristo se revela en la debilidad, en lo que parece faltar, para que se manifieste la plenitud de Dios en la Iglesia. El llamado no es solo para grandes gestos, sino para una fidelidad diaria: servir con humildad, enseñar con sabiduría y presentar cada persona perfecta en Cristo por la obra del poder que actúa en nosotros. Que podamos, entonces, abrir el corazón a la revelación de Cristo en nosotros, la esperanza de la gloria, para que el Cuerpo se fortalezca y la Palabra se manifieste en toda su riqueza.
Al mirar el misterio que fue revelado a los santos, recordamos que el llamado de Dios nos coloca como siervos de la convocatoria divina. No por mérito humano, sino por la gracia que nos capacita para proclamar a Cristo, para colocar en el centro de la vida la presencia de Dios en nosotros. A través de nuestro esfuerzo, movido por la fuerza de Su poder, se nos invita a trabajar por la madurez de cada persona, para que la plenitud de Cristo se vea en la comunidad. El servicio, entonces, no es solo actividad, sino una encarnación del evangelio que transforma relaciones, familias y ministerios en testimonio vivo.
En cada día, el llamado se hace presente en la práctica de la fe: oración por la iglesia, enseñanza fundamentada en la Palabra, y una vida que busca obedecer a Cristo. Se nos llama a permanecer firmes frente a las luchas, reconociendo que el poder de Dios opera eficazmente en nosotros. Que nuestra motivación no sea el ego, sino la gloria de Cristo en nosotros, la esperanza de la gloria, y el deseo de ver el Cuerpo completo, revelando al mundo la riqueza de Cristo. Que seamos fortalecidos por el Espíritu, alentados por la verdad bíblica, y enviados con valentía para servir, hasta que cada miembro del Cuerpo sea plenamente revelado en Cristo.