Génesis 1:1–2 comienza con Dios trayendo orden desde la oscuridad: la tierra estaba informe y vacía, las tinieblas cubrían lo profundo, y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Es natural leer ese versículo y preguntarse: ¿previó Dios, que se mantuvo sobre el caos primigenio, también los desastres y calamidades que siglos después herirían su buena creación? El pasaje nos invita a recordar la presencia del Creador en medio del caos aun cuando luchamos con esta dolorosa pregunta.
El texto afirma la soberanía y la presencia de Dios: el Creador habla al mundo para hacerlo existir y el Espíritu se cierne, no como un observador distante sino como la fuerza activa que ordena y sostiene la vida. Si Dios está fuera del tiempo y es el Señor soberano de la historia, nada lo toma por sorpresa; conocía la caída, la ruptura y los desastres que vendrían, y aun así permaneció comprometido—llamando, redimiendo y prometiendo renovación. Esto es centrado en Cristo porque el Nuevo Testamento identifica al Verbo y al Espíritu como los medios por los cuales Dios trae luz a la oscuridad, culminando en el Cristo encarnado que entró en nuestro sufrimiento para redimirlo.
En la práctica, esa seguridad teológica moldea cómo vivimos: nos libera del fatalismo y de la mentira de que Dios es indiferente. Estamos llamados a lamentar con honestidad, a orar e interceder, a responder con misericordia y mayordomía, y a unirnos a la obra del Espíritu de restauración en un mundo aún marcado por el pecado. No debemos esperar respuestas ordenadas para cada «por qué», pero podemos confiar en que el mismo Dios que habló orden al vacío está presente en la historia, invitándonos a participar en la sanidad y la justicia hasta que Cristo haga todas las cosas nuevas.
Tomen ánimo: el Espíritu que se cernía sobre las aguas ahora se cierne sobre los lugares profundos de nuestro miedo y dolor; Dios sabía lo que vendría y no ha abandonado su mundo. En Cristo vemos que Dios entra en el sufrimiento para redimirlo, y se nos da el Espíritu para sostenernos y capacitarnos mientras amamos a nuestro prójimo y damos testimonio de esperanza. Alégrense—Dios está obrando, y ustedes pueden unirse a él para llevar luz donde la oscuridad aún persiste.