Elías corrió delante de los caballos de Acab, no por poseer fuerza excepcional en sí mismo, sino porque “el poder de Yahweh… se derramó sobre” él. Aquella escena impresionante no fue fruto de mérito humano, sino de la acción soberana de Dios que lo capacitó para realizar lo que, naturalmente, sería imposible.
Antes de esta carrera extraordinaria, sin embargo, hubo un largo camino de fe y de oración en lo alto de la montaña. Allí, Elías se inclinó ante el Señor, intercediendo por la lluvia prometida. Ya había recibido una palabra clara, un sentido definido de la voluntad de Dios, pero, aun así, eligió colocarse en súplica intensa, insistiendo ante el trono divino hasta que el cielo finalmente se abriera.
La escena de la carrera hacia Jezreel es la parte visible, impactante, casi cinematográfica de la historia. Es el momento que llama la atención, que impresiona los ojos y fácilmente se convierte en el punto destacado del relato, como si fuera el punto principal de todo lo que sucedió.
Sin embargo, todo comenzó en lo secreto: un hombre solo, orando, perseverando, sin ver ningún cambio durante mucho tiempo. Este texto nos recuerda que muchas de las “carreras extraordinarias” de nuestra vida comienzan mucho antes, cuando decidimos buscar a Dios en fe, confiando en Su palabra, aunque no haya ninguna evidencia aparente de que algo esté sucediendo.