En la parábola de Jesús, los primeros trabajadores están molestos porque han "cargado con el peso del día y el calor abrasador", sin embargo, reciben el mismo pago que aquellos que trabajaron solo una hora. Desde su perspectiva, se siente profundamente injusto. Asumen que más horas deberían significar más recompensa, que el esfuerzo debería traducirse en un mayor derecho.
Observa que no están enojados por lo que a ellos mismos se les prometió. El maestro no los ha engañado ni ha incumplido su palabra. Su frustración no surge de un acuerdo roto, sino de lo que otros reciben. Juzgan la equidad del maestro a través del prisma de la comparación.
Sus ojos se mueven de la generosidad del maestro a la aparente ventaja de los que llegaron tarde. En lugar de ver a un dador amable y generoso, comienzan a ver a un rival cuyas elecciones parecen amenazantes. Lo que antes parecía un salario generoso ahora parece pequeño al lado de la bendición de otra persona.
Así es como a menudo funcionan nuestros corazones también. Dejan de regocijarse en lo que Dios les ha dado y comienzan a medir lo que Él ha dado a otra persona. En el momento en que comparamos, la gracia comienza a sentirse menos como un regalo y más como una injusticia. En ese cambio, perdemos de vista la bondad del Dador y la maravilla de lo que ya hemos recibido.