Este es mi mandato: sé fuerte y valiente. No temas ni te desanimes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas. (Josué 1:9)
Cuando el corazón se enfrenta a gigantes—situaciones que se ciernen y sacuden la determinación—el amor de Dios se convierte en el horno en el que el miedo se refina en valentía constante. La verdad de su amor no es un sentimiento lejano; es una compañía prometida. No nos llama a una valentía que provee desde la distancia, sino a una resiliencia enraizada en su presencia inquebrantable. En la oración y en los momentos cotidianos de elegir la fe sobre el miedo, comenzamos a sentir que la valentía no es la ausencia de peligro sino la seguridad de una compañía divina que nos guía a través de él.
Ser fuertes y valientes no es pretender que no hay tormentas, sino avanzar con la verdad como nuestro escudo y la misericordia como nuestro cinturón. El amor de Dios nos invita a anclar nuestra valentía en su fidelidad: aquel que habló el universo en existencia camina con nosotros a cada pasillo incierto, a cada tarea desafiante y a cada recuerdo doloroso. Nuestros miedos se reducen cuando repasamos sus promesas, cuando confesamos nuestra debilidad y cuando nos apoyamos en la gracia que capacita para la obediencia y la perseverancia paciente.
Así, querido amigo, mantén firme esta seguridad: no estás solo frente a los gigantes. El amor que mueve a Dios a la acción te mueve a la obediencia, a seguir dando un paso más en la luz de su presencia. Que sientas su cercanía hoy, que tu coraje se eleve, y que puedas animar a otros con la verdad simple y fiel de que el Señor nuestro Dios está contigo—hoy, mañana y todos los días que camines en su amor.