Coraje para Salir del Barco

Steffany M.

En Mateo 14 vemos a Jesús en oración, solo en la montaña, mientras, a lo lejos, los discípulos enfrentan el viento contrario en medio del mar. La tempestad es real, el miedo es real, el cansancio es real, y todo da la impresión de que Jesús está distante, allá en lo alto, en silencio, aparentemente ajeno al sufrimiento de ellos. Este escenario refleja muchas de nuestras propias experiencias, cuando oramos, luchamos y no vemos respuesta inmediata, y el cielo parece cerrado.

Sin embargo, es precisamente en la hora más oscura que Jesús se encuentra con los discípulos, caminando sobre las aguas, demostrando que ninguna circunstancia, por más imposible que parezca, es capaz de impedirle llegar hasta nosotros. Él atraviesa el viento, vence las olas y se acerca en plena tempestad, revelando de forma concreta que Su presencia no depende de la calma, sino que se manifiesta, con poder, en medio del caos.

Al verlo, sin embargo, los discípulos se asustan y confunden la presencia de Jesús con un fantasma. El miedo distorsiona la percepción, así como tantas veces también confundimos la acción de Dios con amenaza, juicio o abandono, en lugar de reconocerlo como cuidado, socorro y amor. Cuando las circunstancias nos intimidan, somos tentados a interpretar la aproximación de Dios como algo que viene a castigarnos, y no a salvarnos.

Entonces, la voz de Cristo rompe el ruido del viento y atraviesa el terror del corazón: “¡Tened buen ánimo! Soy Yo. No temáis!”. Antes de calmar el mar, Él calma a los discípulos; antes de transformar el escenario exterior, Él trata la tempestad interior. Esta palabra nos recuerda que, antes de cualquier milagro que podamos ver por fuera, el deseo de Jesús es aquietar nuestro corazón, afirmándolo en la certeza de Su presencia y de Su cuidado inquebrantable.