La lectura de Salmos 24:1 nos llama a una práctica devocional que parte del reconocimiento de que todo pertenece al Señor. Cuando la Palabra declara que la tierra y todo lo que hay en ella son del Señor, somos invitados a ajustar nuestros cotidianos a esa verdad última: nuestra vida, tiempo y recursos son de Dios antes de ser nuestros. En este marco, el ofertorio no es solo una acción financiera, sino una respuesta de fe que confesamos con las manos y el corazón que recibimos de Dios todo lo que tenemos para ofertar de vuelta. La práctica bíblica del diezmo, de las ofrendas voluntarias y de la administración fiel de recursos surge como expresión de gratitud, obediente a la soberanía divina y cuidadosa con las necesidades de la comunidad. Así, el ofertorio se convierte en testimonio público de que no vivimos por estabilidad propia, sino por la providencia del Creador, que sostiene, guía y bendice conforme a su misericordia.
A partir de esa base, somos llamados a discernir el uso de los recursos con sabiduría bíblica y reverencia. En medio de presiones y angustias del cotidiano, la fe que ora entrega y confía transforma las finanzas en un instrumento de nuestra santificación: menos apego al acumulamiento, más disponibilidad para invertir en el reino de Dios, en la obra de la iglesia, en la ayuda a los necesitados y en el sustento de quien sirve al prójimo. Este es un camino de santidad y responsabilidad: reconocer que el dinero no es señor, sino servicio a Dios y al prójimo. Cuando hacemos del ofertorio un acto de gratitud y de fe, abrimos espacio para que Dios manifieste poder, gracia y provisión sobre nuestra vida y sobre la comunidad que nos rodea.
Por lo tanto, que el ofertorio del 28/06/2026 sea un recuerdo vivo de que todo pertenece al Señor. Que cada gesto de donación, cada planificación financiera, cada decisión de gastar o ahorrar sea pautado por la presencia de Cristo, la búsqueda de justicia y la misión de testimoniar la soberanía de Dios en el mundo. Te invito a perseverar en esta práctica con alegría, sabiendo que el Señor recompensa la fidelidad, que la generosidad edifica la fe y que, al ofertar, entramos más profundamente en el misterio del Reino de Dios que ya se ha hecho presente en Jesucristo.