El pasaje de Mateo 27:45-46 nos presenta un momento de intensa oscuridad que recae sobre la tierra, simbolizando no solo un fenómeno físico, sino un profundo significado espiritual. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, la tierra fue envuelta en tinieblas, una señal clara de la gravedad de lo que estaba sucediendo en la cruz. Esta oscuridad coincide con la hora sexta, un momento que, en el conteo judío, representa el auge del día. El hecho de que Jesús clamó a Dios en ese momento crítico nos invita a reflexionar sobre el significado del dolor, del abandono y de la soledad que Él experimentó. Es un recordatorio de que, incluso en el auge de nuestro dolor, Dios está presente, aunque a veces no logremos percibirlo en nuestra angustia.
Al clamar “Eloí, Eloí, lamá sabactâni?”, Jesús expresa una angustia que resuena profundamente en las experiencias humanas. Él no solo hace una pregunta, sino que también se identifica con el dolor del ser humano, que a menudo se siente abandonado en medio del sufrimiento. Esta cita del Salmo 22, que comienza con una pregunta similar, nos invita a considerar cómo Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento. La oscuridad que recae sobre la tierra es un reflejo del peso del pecado que Jesús estaba cargando, y esta identificación con el dolor humano es uno de los aspectos más profundos de su ministerio. En medio del sufrimiento, Jesús revela la naturaleza de un Dios que no huye del dolor, sino que lo enfrenta directamente para traer redención a la humanidad.
Los horarios mencionados en el pasaje no son accidentales; tienen un peso histórico y litúrgico que nos ayuda a entender la profundidad del sacrificio de Cristo. El mediodía, que marca la luz del día, es el momento en que la oscuridad se vuelve más palpable, simbolizando el clímax del pecado y la necesidad de expiación. La hora novena, que representa la entrega del espíritu, es un llamado a la reflexión sobre la vida de Jesús y su ministerio, y la forma en que se entregó completamente por amor a nosotros. El movimiento de la luz hacia la oscuridad, y luego hacia la entrega, nos enseña sobre el camino de fe que todos debemos recorrer. Es una invitación a mirar las sombras en nuestras vidas y reconocer que, incluso cuando sentimos que Dios nos ha abandonado, Él está trabajando entre bastidores para nuestro bien.
Por último, al meditar sobre este momento crucial de la crucifixión, somos alentados a recordar que la oscuridad no tiene la última palabra. Jesús venció la muerte y la oscuridad, y su resurrección es la prueba viva de que, en medio de las tinieblas, la luz siempre prevalecerá. Cuando enfrentamos nuestras propias horas de dolor y desesperación, que podamos recordar el clamor de Jesús y la esperanza que Él nos trajo. Si Él puede soportar la oscuridad y aún así clamar al Padre, también podemos confiar en que, incluso en nuestros momentos más oscuros, Dios está con nosotros, listo para llevarnos a la luz de su presencia. ¡No te rindas, pues la luz siempre surge después de la oscuridad!