Cuando viene el Espíritu: De Jueces a Pentecostés

Hechos 2:17 anuncia un giro decisivo en la historia de la redención: «Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños.» Esta promesa —arraigada en Joel y pronunciada por Dios— señala que, en los últimos días, el mismo Dios estará presente entre su pueblo mediante la presencia activa y capacitadora del Espíritu Santo, no meramente por la sabiduría humana o por instituciones frágiles.

Esa promesa contrasta marcadamente con la época que muestra el libro de Jueces, donde resuena el estribillo de que «cada uno hacía lo que bien le parecía». El libro de Jueces muestra cómo es la vida humana cuando falta la presencia y el liderazgo divinos: pluralismo moral, ciclos recurrentes de pecado y desintegración social. La diferencia no es solo política o cultural; es espiritual. Sin la obra renovadora del Espíritu, las personas se convierten en autores de sí mismas e incapaces de sostener una vida fiel delante de Dios.

Teológica y pastoralmente esto conduce a una afirmación simple pero urgente: sin Espíritu no hay salvación. El derramamiento del Espíritu no es un añadido agradable a la vida cristiana, sino el mismo medio por el cual Dios levanta, convence, ilumina y santifica a su pueblo. En la práctica, esto significa que debemos dejar de confiar en nuestros propios instintos, programas o patrones heredados y, en cambio, buscar al Espíritu mediante la oración, el arrepentimiento, la Escritura y la vida del cuerpo. Esperen un lenguaje profético moldeado por la sumisión a Cristo, esperen visiones y sueños renovados que redirijan los corazones hacia Dios, y destierren la complacencia que dice «yo puedo arreglármelas por mi cuenta».

Anímense: el mismo Dios que prometió este derramamiento en las Escrituras es fiel para dar su Espíritu en Cristo. Si sienten el vacío de hacer las cosas por su propia vista, vuélvanse a Cristo, arrepiéntanse y pidan que el Espíritu los llene y los guíe. Reciban su presencia, caminen en dependencia y anímense: Dios está derramando su Espíritu para guiar, avivar y guardar a su pueblo.