Salmo 116:12 nos confronta con una profunda pregunta: "¿Qué devolveré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?" Esta indagación revela el corazón de quien reconoce los innumerables regalos recibidos de Dios. Nuestra vida cristiana, desde el primer momento de la conversión hasta hoy, ha estado marcada por la gracia divina: protección, provisión, perdón y guía. Cada día que pasamos en la presencia del Señor y en compañerismo con Su iglesia es un regalo inmerecido que debería llenar nuestros corazones de gratitud.
¿Con qué frecuencia nos quejamos de los pequeños sacrificios que exige la vida de iglesia? Murmuramos acerca de servir, contribuir o dedicar nuestro tiempo. Sin embargo, olvidamos que todo lo que somos y tenemos proviene de las manos del Señor. Nuestras familias han sido bendecidas, nuestra salud preservada, nuestro carácter transformado, todo por la gracia de Dios manifestada a través de la vida en comunidad. La iglesia no es perfecta porque está hecha de personas imperfectas, pero es el instrumento elegido por Dios para nuestra santificación y crecimiento espiritual.
Los beneficios de la vida en Cristo son innumerables. La paz que experimentamos en crisis, la alegría que nos sostiene en las pruebas, la esperanza que nos anima en medio de incertidumbres, todo esto son frutos de la comunión con Cristo. Cuando nos reunimos como iglesia, celebramos no solo bendiciones materiales, sino especialmente los tesoros espirituales que hemos recibido: el perdón de pecados, la adopción como hijos de Dios, la seguridad de la vida eterna. Como declara Pedro, fuimos llamados "de las tinieblas a su admirable luz" (1 Pedro 2:9).
Frente a tales bendiciones abundantes, nuestra única respuesta adecuada es un corazón desbordante de gratitud y una vida dedicada al servicio. No servimos para "pagar" a Dios por Su bondad; eso sería imposible. Servimos porque hemos sido transformados por Su amor. Cada acto de servicio, cada contribución, cada momento dedicado al Reino debería ser una expresión espontánea de un corazón agradecido. Que nosotros, como el salmista, reconozcamos diariamente los beneficios del Señor y respondamos con vidas de alabanza y entrega. Porque de verdad, "¿Qué daré al Señor por todos sus beneficios para conmigo?" (Salmo 116:12).