Juan el Bautista nos da un poderoso ejemplo de cómo debemos posicionarnos en la obra del Reino. En Juan 3:28-30, él declara claramente: "Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de él." El contexto revela que Juan estaba siendo cuestionado acerca de su ministerio cuando muchos pensaban que podría ser el Mesías. En lugar de alentar esta idea, humildemente apuntó a Jesús, diciendo: "Él debe crecer; yo debo disminuir." Esta actitud nos enseña que en el Reino de Dios, nuestro papel nunca se trata de nosotros mismos, sino siempre de Cristo.
Es tentador empezar a pensar que merecemos reconocimiento, posiciones o derechos sobre la obra de Dios. Podemos aferrarnos a títulos, roles o ministerios como si nos pertenecieran, olvidando que todo le pertenece a Cristo. Sin embargo, como demostró Juan el Bautista, la verdadera alegría proviene de servir al Novio (Cristo) y ver avanzar Su Reino, no de promovernos a nosotros mismos. Cuando entendemos que somos meros siervos y que la gloria siempre es Suya, encontramos libertad para servir con corazones puros.
Esta mentalidad del Reino debe permear todas las áreas de nuestras vidas, no solo el ministerio. En el trabajo secular, con nuestras posesiones y en las relaciones, debemos recordar que todo lo que tenemos proviene de Dios y debe ser utilizado para Su gloria. Colosenses 3:23 nos exhorta a trabajar "de todo corazón, como para el Señor, y no para los hombres." Cuando vivimos con esta perspectiva, incluso las tareas más simples adquieren un significado eterno, ya que las realizamos como servicio a Cristo.
Que nosotros, como Juan el Bautista, encontremos gozo al ver a Cristo exaltado sobre todo. Que nuestra oración sea: "Menos de mí, más de Ti, Señor." Cuando abrazamos esta humildad, experimentamos la verdadera satisfacción de participar en la obra de Dios, sabiendo que el Reino no es nuestro, sino de Él. Y en esta entrega, descubrimos el propósito más profundo de la vida: glorificar a Cristo en todo.