"¿No salen de la boca del Altísimo Tanto el mal como el bien?"
Introducción
Lamentaciones 3:38 presenta una pregunta breve y penetrante: «¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?». En el marco del poema de lamento esta interrogación expresa asombro y una teología práctica: ¿qué lugar ocupa Dios en medio del sufrimiento humano? El versículo confronta directamente la relación entre la soberanía divina y las experiencias de calamidad y consuelo.
Contexto histórico-cultural y autoría
El libro de Lamentaciones se sitúa histórica y literariamente tras la destrucción de Jerusalén y el templo por Babilonia (ca. 587/586 a. C.). La tradición judía y cristiana suele vincular el libro con Jeremías por afinidades temáticas y contextuales, aunque el texto mismo es anónimo y presenta un estilo poético acrostico, especialmente evidente en los capítulos 1–4; el capítulo 3 posee una estructura particular y un tono personal. Los acontecimientos que subyacen—el asedio y el exilio babilónico—están también documentados en fuentes cercanas como las crónicas babilónicas y la narrativa bíblica que describe al rey Nabucodonosor II y la caída de la ciudad.
En su idioma original, el hebreo, hay matices útiles: «מִפִּי» (mi-pi) significa «de la boca», indicando origen por palabra o decreto; «עֶלְיוֹן» (Elyon) se traduce «Altísimo» o «Soberano», un título que subraya la supremacía de Dios; «רַע» (raʿ) puede abarcar tanto el mal moral como el daño, calamidad o juicio; «טוֹב» (tov) significa bien, bienestar o bendición. Estas palabras muestran que el verso trabaja con categorías morales y con la idea de declaración divina más que con descripciones filosóficas abstractas.
Personajes y lugares
Altísimo (Elyon): título del Dios de Israel que resalta su supremacía sobre los pueblos y los acontecimientos. En este verso la figura central no es un personaje humano sino la acción de Dios mismo, presentada como quien «emite» tanto lo adverso como lo favorable.
Explicación y significado del texto
Literalmente, la pregunta afirma que tanto la calamidad como la prosperidad proceden de la boca del Altísimo, lo que en el contexto de Lamentaciones se entiende como una reflexión sobre la autoridad y el gobierno de Dios sobre la historia. No es una justificación simplista del mal moral; más bien, en la teología bíblica existe la distinción entre el decreto soberano de Dios, su permiso providencial y las acciones libres y responsables de las personas. En la escena del exilio, el autor reconoce que las consecuencias del pecado nacional han llegado bajo la autoridad de un Dios soberano que anuncia juicio y también anuncia restauración.
Diversas lecturas han enfatizado aspectos distintos: unos subrayan la soberanía absoluta de Dios sobre el destino humano; otros interpretan el verso como la afirmación de que Dios, mediante su palabra, permite o trae consecuencias (disciplina, juicio) que resultan en dolor, siempre en un marco de justicia y posibilidad de arrepentimiento. En Lamentaciones 3 el reconocimiento de la procedencia divina del «mal» va acompañado del recuerdo de la misericordia persistente de Dios (v. 22–23), de modo que la soberanía no anula la esperanza ni la llamada a confiar y volver a Él.
Devocional
Cuando la vida trae sufrimiento, este versículo nos permite hablar con franqueza ante Dios: podemos preguntar, lamentar y reconocer que incluso lo que duele pasa bajo la mirada soberana del Altísimo. Esta honestidad no es falta de fe, sino el camino del siervo que lleva su herida al Dios que conoce la historia y la redención.
Al mismo tiempo, la confesión de la soberanía invita a la confianza y al arrepentimiento: si Dios dirige la historia, podemos acudir a su palabra y a su misericordia, pedir discernimiento para ver nuestra parte en el quebranto y buscar su restauración con esperanza. Persistamos en la oración, la comunidad y la obediencia, sabiendo que la fidelidad de Dios acompaña incluso el valle del lamento.