“Uno de los fariseos le pedía que comiera con él; y entrando en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume. Pero al ver esto el fariseo que le había invitado, dijo para sí: Si este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora. Y respondiendo Jesús, le dijo: Simón, tengo algo que decirte: Y él dijo: Di, Maestro. Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, le amará más? Simón respondió, y dijo: Supongo que aquel a quien le perdonó más. Y Jesús le dijo: Has juzgado correctamente. Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para los pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados han sido perdonados. Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es este que hasta perdona pecados? Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz.”
Introducción
Esta pasaje nos coloca en un encuentro cargado de tensión y ternura: una mujer considerada pecadora se acerca a Jesús en una casa de fariseos, y ahí se revela la profundidad del perdón y la fe que transforma. Es una escena de hospitalidad quebrantada y de revelación divina que rompe las expectativas humanas sobre el mérito y la gracia. A lo largo de estas líneas, el Señor invita a mirar el corazón más que las apariencias y a entender que el perdón que Él ofrece renueva la relación con Dios y con los demás.
Contexto histórico-cultural y autoría
El pasaje se sitúa en la ministerio de Jesús, durante una comida en casa de un fariseo llamado Simón. En la cultura first-century judía, la hospitalidad era un deber, expresada en el lavado de pies, el saludo y la unción. Las mujeres que eran consideradas pecadoras eran vistas como marginadas; sin embargo, en los evangelios, Jesús desafía estas categorías humanas al recibir a la mujer y elogiar su fe. Lucas es el autor de este relato (Lucas 7:36-50) y escribe para una audiencia gentil y humilde, destacando la misericordia de Cristo y la inclusión del arrepentimiento sincero.
Personajes y lugares
- Jesús: maestro y protagonista de la escena, que demuestra autoridad para perdonar pecados.
- Simón el fariseo: anfitrión, que representa la religiosidad que juzga y duda.
- La mujer pecadora: símbolo de arrepentimiento profundo y fe que busca a Jesús.
- Casa del fariseo: marco físico de la relación entre quienes reciben a Jesús y quienes lo observan desde la moralidad humana.
Explicación y significado del texto
La escena inicia con la invitación de un fariseo a comer con Jesús. En esa cultura, la bienvenida de un maestro era una ocasión para demostrar honor, pero la mujer llega como expresión de arrepentimiento profundo. Ella rega las patas de Jesús con lágrimas, las seca con su cabello y las unta con perfume. Este acto de humildad contrasta con la falta de hospitalidad de Simón, que no ofreció agua para los pies ni beso de saludo. Jesús no condena a la mujer por su condición social, sino que destaca su fe. A través de la parábola del acreedor y sus deudores, Jesús revela que el amor de la que ha sido perdonada mucho es mayor, porque comprende la magnitud del perdón recibido. El resultado es la proclamación de perdón para la mujer: “Tus pecados han sido perdonados” y una invitación a vivir en paz. Este pasaje subraya que el verdadero reconocimiento de la gracia de Dios produce acción de fe y amor manifiesto.
Devocional
[Parágrafo 1] Este pasaje nos desafía a revisar nuestras propias actitudes: ¿cuánto de nuestro reconocimiento a la gracia depende de nuestra autocomplacencia o de la apariencia externa? Que, como la mujer arrepentida, aprendamos a acercarnos a Jesús con sinceridad, sabiendo que su perdón transforma y libera.
[Parágrafo 2] Que la mirada de Jesús sobre la mujer pecadora nos anime a extender esa gracia a otros, recordando que nadie está fuera del alcance de su amor. Cada gesto de fe, como el llanto que riega los pies de Cristo y la unción del perfume, puede convertirse en una oración viva que nos empuja a vivir en paz, sabiendo que nuestros pecados han sido perdonados.