"Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan»."
Introducción
El pasaje de Mateo 9:17 presenta una breve y poderosa metáfora de Jesús: “Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan”. En su sencillez, la imagen remite a la incompatibilidad entre lo nuevo que trae el Reino de Dios y las formas rígidas del pasado que no pueden contenerlo.
Contexto histórico-cultural y autoría
Este dicho aparece en el Evangelio según Mateo dentro de un diálogo más amplio sobre el ayuno (Mt 9:14–17). Mateo es uno de los Evangelios sinópticos y recoge material también presente en Marcos 2:22 y Lucas 5:37–39; la tradición atribuye el Evangelio al apóstol Mateo, cobrador de impuestos, aunque la crítica histórica suele hablar de una comunidad «mateana» que escribió en el último tercio del siglo I. El texto original que conservamos está en griego koiné; la formulación griega clásica para este verso comienza con οὐδεὶς βάλλει οἶνον καινὸν εἰς ἀσκοὺς παλαιοὺς. Es plausible que la enseñanza oral de Jesús tuviera un substrato arameo, pero el mensaje nos llegó por la redacción griega de los evangelios.
Culturalmente, el recurso a odres (askoi, odres de piel de animal) y vino nuevo es concreto: el vino nuevo sigue fermentando y produce gases que necesitan pieles flexibles y nuevas; un odre viejo y ya estirado no resiste y se rompe, perdiéndose el vino y el receptáculo. Esa observación práctica explica la metáfora y permite entender por qué la imagen era clara para oyentes de la época.
Explicación y significado del texto
En su contexto inmediato, Jesús responde a preguntas sobre por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los fariseos o los discípulos de Juan (Mt 9:14–15). La metáfora del vino y los odres subraya que lo que Él trae —la novedad del Reino, la presencia vivificadora de su persona y, más tarde, la acción del Espíritu— no encaja simplemente en las estructuras y prácticas antiguas sin transformarlas. No se trata de despreciar la tradición, sino de señalar que una realidad dinámica requiere un receptáculo cuerdo y adecuado: el cambio interior y comunitario.
Teológicamente, la imagen comunica al menos dos ideas complementarias: 1) la novedad del Evangelio que renueva y exige formación nueva; 2) la prudencia en querer mezclar sin discernimiento lo nuevo con lo viejo, porque tal mezcla puede dañar ambas realidades. Muchos intérpretes —tanto en la antigüedad como en la crítica moderna— ven aquí una advertencia contra intentar encajonar la vida y la misión de Jesús dentro de esquemas religiosos que le son estrechos o inadecuados. Al mismo tiempo, la frase final muestra esperanza: puesto en el lugar apropiado (odres nuevos), el vino nuevo y el odre se conservan, indicando que la novedad de Dios puede ser sostenida cuando hay receptividad y renovación.
Devocional
Este texto nos invita a preguntar: ¿somos odres viejos o nuevos? En lo personal y en la comunidad, puede haber costumbres, estructuras o miedos que ya no son capaces de contener la gracia actuante. Pedir al Espíritu que nos renueve implica aceptar que el proceso puede requerir desapego y transformación, no por gusto al cambio, sino para preservar lo que verdaderamente da vida.
Acoge la metáfora como una llamada a la humildad: reconocer la necesidad de renovación y permitir que Dios moldee nuestras formas de pensar y actuar. Cuando permitimos que el vino nuevo del Evangelio fermente en odres renovados —corazones dispuestos y comunidades flexibles— experimentamos conservación y crecimiento mutuamente sostenidos.